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Existió un tiempo donde el conocimiento explotó. Casi cualquiera podía saber lo que fuera. Llegó a tal punto que se desbordaba por todas partes. Había cascadas de letras inundando escritorios, y con un sólo dedo podía conocerse la historia del mundo. Una telaraña contenía el elixir mágico de donde millones consumían las verdades que necesitaban, instantáneamente. La ilusión de sabiduría resplandecía en los rostros, miradas y voces de todos ellos y con megáfonos hechos de aparente elocuencia, ego, inflexibilidad y profundidad -una discutible- se convirtieron uno a uno, en los nuevos portavoces de la siembra, porque todos sembramos algo.

Por aquellos días, la semilla de la creatividad quería florecer, como lo hace todo aquello que proviene de la nada. Pero, ¿cómo florecer en un mundo donde no se siembra la semilla? Dónde importa más el empaque que la esencia… Dónde prevalece la velocidad y no la trascendencia.

La creatividad, aquella semilla que de la nada, da todo, vivía pasando de mano en mano por todas las clases de lugares del mundo meciéndose en los deseos de sus nuevos portavoces, su esencia, se comercializó en cientos de idiomas y su consumo se convirtió en uno de los más populares, donde fuera y para lo que fuera. Sucedió que, como con cientos de elixires mágicos (o así etiquetados), el solo tenerla en la mano traería consigo, éxito, fortuna, seguridad y cuantas más atribuciones quisieran dársele. Sin embargo, la semilla creatividad, como cualquier semilla, debía ser cultivada, cuidada y alimentada, para florecer.

La semilla creatividad normalmente no era sembrada. Quitaba mucho tiempo.

Simplemente se adquiría y llevaba en maletas, cofres, bolsos, bolsillos, fueran nuevos, rotos, viejos, de lino, jean o seda. En realidad, no importaba como llevarla. Lo importante era tenerla, o eso pensaban todos. Su venta ocurría en todas las posiciones de las manecillas del reloj, ya fuera en el mercado negro, blanco o en la Ciudad Arcoíris. Las transacciones se hacían con o sin contrato, con o sin sapiencia. Fuera en cajas, bolsas o paquetes, estos eran los más comunes, y la palabra común, mis amigos, aplica para todo aquello que simplemente no es especial.

Sus beneficios eran popularmente conocidos, aunque realmente nadie tenía muy claros cuales eran. Se sabía de casos incluso milagrosos. Es más, había quienes juraban que al florecer, la semilla creatividad era muchísimo más poderosa. Había cientos de creencias y posturas al respecto, y cada quien la usaba como mejor le parecía.

Un día, la semilla creatividad comenzó a desaparecer. Nadie sabía por qué, ni podían entenderlo. Tampoco querían, en realidad. Sin embargo, la preocupación comenzó a envolver la atmósfera.

Todas ellas (y velozmente como suele hacerse cuando la desesperación ronda) empezaron a aparecer aquí y allá… Soluciones rápidas… Cada una con sus propias banderas de mejora y cambio.

Hubo entonces nuevas semillas.

Las hubo injertadas, símiles, clonadas. y de muchas más. Todas ellas prometiendo reemplazar a la semilla creatividad, incluso con mucha más efectividad.

La confusión creció tanto, que las dudas en el mercado, fuera el financiero o el de frutas y legumbres no podía confirmar la veracidad de las semillas que de todas partes llegaban y en todas partes eran requeridas: ¿Eran las verdaderas semillas de la creatividad? ¿Cómo reconocerlas? ¿Eran necesarias? Y… ¿si usamos otras?

La confusión incrementó de tal manera que se adquiría cualquier semilla, porque algo, era mejor que nada.

Con el tiempo la semilla y palabra creatividad se volvió tan común, que podía ser reemplazada con muchos otros tipos de semillas. Habían virtuales, neófitas, autómatas, incluso las robotizadas, que carecían de alma y conexión con las raíces del mundo. Comenzaban a tener un movimiento considerable. Como fuera, todas ellas debían su éxito a la escases de la verdadera semilla creatividad y a la falta de conocimiento sobre sus verdaderas virtudes, cómo usarla y, por supuesto a la idea más peligrosa de todas, la “instantaneidad” -probablemente la razón principal de que la verdadera semilla creatividad haya desaparecido- pues como todos sabemos aunque no siempre lo pensemos, hay cosas que dependen sólo y únicamente, del tiempo.

Piensa en los meses que el genio naturaleza uso para que fueras perfecto y llegaras al mundo. O el tiempo que le tomó madurar a la deliciosa y crujiente manzana que sació tu apetito esta mañana, al gran cañón ceñir sus hermosos diseños de piedra, al cedro convertirse en un gigante, o a una simple ameba construir su propio universo, en ti. La creatividad es la vida misma.

Así con la instantaneidad, el desconocimiento, el ego y las abundantes mareas de conocimiento superfluo, la verdadera semilla creatividad desapareció inundada como el mismísimo Atlantis entre relojes, imposiciones, letras, contratos, formatos, objetivos banales y sin lo más importante, el corazón y el sentido -eso la hubiera rescatado- pues ambas directrices son cruciales para cualquier camino. El sentido determina cómo, cuándo y dónde. El corazón, por qué y para qué.

Aún hoy en día muchos pensamos que la semilla creatividad como Atlantis, existió o, que existe y solo algunos pocos saben que su semilla es única y que para quienes la cultivan hasta florecer su poder es único, mágico y duradero; que reserva sus poder para algunas cuantas almas, que con sabiduría, espíritu y humildad puedan reconocer que no hay un gran secreto, que la semilla creatividad no ha muerto, que aguarda impaciente en las praderas ocultas de la percepción, donde con temple, talento, dirección y constancia promete dar frutos jugosos y frescos a quienes tengan fe en ella.

La creatividad no ha muerto, solo está en espera de florecer. Y florecer, amigos, siempre es la mejor estrategia. En todo.

HISTORIA: EDWARD HERREÑO

ILUSTRACIÓN: ALVARO VENEGAS / EDWARD HERREÑO

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